¿Quiere que le eche sal y pepita? | Fabuestereo 88.1

¿Quiere que le eche sal y pepita?

¿Quiere que le eche sal y pepita?

¿Quién no ha disfrutado alguna vez de una bolsita con mangos verdes, jocotes, rodajas de piña, pepinos, membrillos o papaya? Existen actividades tan cotidianas en nuestro diario vivir que suele ocurrir que las vemos como algo normal y sin importancia... si es que llegamos a notarlo. Sin embargo, esas pequeñas cosas, son las que forman parte de la cultura y estructuran la forma en que percibimos el mundo.
En Guatemala, y otros países de Latinoamérica, se acostumbra comprar fruta en los puestos donde las ofrecen. Las frutas tienen la ventaja que son accesibles, además de nutritivas y deliciosas.
Recuerdo cuando era niño. Crecí en la populosa colonia de la 1ro de Julio allá por la zona 19 de la capital. Todas las tardes la patojada esperábamos con ansias a Don Tin. Era el señor de la fruta. Tenía una carretilla a la que empujaba lentamente para que todos nos diéramos cuenta de su presencia y saliéramos disparados a la casa para pedirle a nuestra mamá los 5 len que costaba cada bolsita.
El menú era variado con las frutas de temporada. Pero el producto estrella eran las afamadas naranjas washington. Corría el rumor entre los güiros que eran traídas desde los Estados Unidos y por eso no tenían pepitas... 40 años después me vine a enterar que son un injerto que se hace en Rabinal, jé. Eso sí, no está en discusión que son las mejores de Guatemala.
Volviendo al tema, rodeábamos la carreta y Don Tin dibujaba una sonrisa de satisfacción cuando veía los ojos infantiles muy abiertos que no perdían ni un solo detalle de sus diestros movimientos. Era como una coreografía de impresionadas caritas que se coordinaban al compás de los movimientos del señor. Ponía las naranjas en un aparatito que giraba mientras una cuchilla les quitaba la cáscara. Luego con un enorme cuchillo las partía y era cuando competíamos para ver quién era el campeón más valiente de todos. ¿Cómo lo dilucidábamos? Simple. El que le echara más chile cobanero era el indiscutible master del universo. Todos queríamos tener algo que contar al siguiente día en la clase. Imaginen lo popular que uno se volvía cuando narraba como había soportado una naranja con una cucharada de chile cobanero, además había que impresionar a la niña que nos gustaba.
Era una fiesta en la cuadra. Los que no tenían dinero sabían que no se quedarían sin probar algo. Éramos patojos solidarios. Luego, al terminar la venta, veíamos con los ojos rojos y moqueando por el picor, como Don Tin se alejaba. Lo bueno era que al siguiente día lo volveríamos a ver.
Ahora cada vez que veo un puesto o carreta de un vendedor de frutas siempre compro más de algún antojito. Y lo que más me siguen gustando de todo es cuando me preguntan: "¿Quiere que le eche sal y pepita?"

¿Quiere que le eche sal y pepita?
¿Quiere que le eche sal y pepita?
¿Quiere que le eche sal y pepita?
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